Viajes National Geographic
Cada mes en su kiosco
 
 
 
Nº 126 / septiembre / 3 €



 
TRENTO MEDIEVAL
La capital de la provincia autónoma del Trentino es heredera de un rico pasado y ejerció durante la baja Edad Media una destacada influencia cultural sobre toda el área alpina.

Por Jordi Canals
Trento habría que viajar como ya no no lo hace casi nadie: subiendo en Venecia a bordo de un tren miniaturizado de dos vagones que, más allá de Bassano del Grappa, se abre paso entre los peñascos que comprimen el cauce del Brenta. Lo arrastra una locomotora que sólo se apresura en su tramo final, cuando pasa bajo las fortalezas de Castel Ivano y de Pergine, remonta los prados de la Valsugana y bordea las orillas del lago Caldonazzo, en cuyas aguas se reflejan picachos nevados como en una tradicional postal dolomítica.
Los tiempos modernos han privilegiado en cambio la ruta de Verona, por la que fluye el río Adigio, corren los ferrocarriles hacia el paso fronterizo del Brennero y se desliza una moderna autopista. Un error, porque, hasta para llegar a ella, Trento requiere ser paladeada lentamente, como los vinos y el spumante que han hecho célebre esta región y cuyas cepas maduran en las escarpadas laderas que envuelven su valle.
Tampoco hay que adentrarse en el casco urbano con ímpetu de turista apresurado, sino buscar antes una atalaya desde la que avistar esta armoniosa ciudad. Hay quien sugerirá Sardagna, la población asentada en un saliente de la montaña hasta el que sube de un tirón el funicular desde el puente de San Lorenzo. Pero basta encaminarse al castillo del Buonconsiglio y, acodados en la gótica balaustrada veneciana de la segunda planta, contemplar las casas apiñadas, sobre las que se levantan los campanarios de esta ciudad marcada por las vicisitudes de la Iglesia.
Por lo demás, está justificado que la visita parta de estas salas en las que se fraguó la historia antigua de Trento, pues el palacio fue residencia de los obispos que rigieron el Principado desde la segunda mitad del siglo XIII. Hasta el fatídico 1796, cuando las tropas napoleónicas tomaron el territorio, que acto seguido se cedió al Imperio austro-húngaro.
En el interior del torreón del Águila, el visitante admirará uno de los más importantes testimonios de pintura al fresco ejecutada en área alpina, a cuyo alrededor se agrupan ahora las piezas de la exposición «El Gótico en los Alpes». En las paredes de la torre, un anónimo pintor plasmó a inicios del siglo xv el consabido motivo iconográfico de las tareas campestres en cada estación del año, que aquí se contraponen con garbo a los ocios de la aristocracia urbana. Ciclo pictórico que culmina con una visión idealizada de Trento, anclada en aquel lejano otoño de la Edad Media, y que la mirada de Bernardo Cles –obispo, humanista e impulsor entusiasta del embellecimiento de la Trento renacentista– recorrió de forma incesante.

Un concilio que hizo historia
Entre 1545 y 1563, la capital fue sede del concilio con cuyas disposiciones los representantes de la ortodoxia católica pretendieron atajar la herejía luterana. Por ello, a quien nunca ha puesto los pies en la ciudad, el nombre de Trento le evoca a menudo memorias oscurantistas y estampas de severa mortificación. Pero el recién llegado no tardará en cambiar de opinión a medida que avance por su casco histórico y recorra las calles del giro del Sass, donde el único sobresalto del peatón lo causan las bicicletas que campan a sus anchas por ellas.
Basta introducirse en Via Belenzani, singular supervivencia del urbanismo renacentista, para asomarse a los vestigios de una urbe que sólo ahora intuimos vital y gozosa. En ambos lados de la calle se suceden los palacios señoriales, con fachadas en las que ha perdurado hasta hoy la frescura de sus primitivas decoraciones pictóricas. Como en la del Palazzo Geremia, erigido a fines del siglo xv y cuya superficie externa fue embellecida con la representación figurativa de desfiles y entradas triunfales que discurrieron por esta misma calle.
En el extremo de Via Belenzani se halla la hermosa Piazza Duomo, con su catedral románico-gótica, el contiguo Palazzo Pretorio, de alta torre almenada, que hoy da cobijo a los fondos del Museo Diocesano, y, a nuestras espaldas, las casas Rella, con fachadas que ostentan gráciles figuras alegóricas y personajes de la mitología clásica. Finalmente, en el centro de la plaza, sobre la fuente barroca, un altivo Neptuno empuña el tridente que alude al topónimo latino de la ciudad, o Tridentum, metáfora a la vez de su ubicación entre montañas.

La plaza más animada
Si fuera jueves, el cuadro quedaría completo: los puestos del mercado semanal invadirían la plaza y las callejuelas que en ella convergen. Remolonearían los paisanos venidos de las aldeas montañesas y el aire olería a manzanas, quesos, embutidos y –de ser otoño– setas. Estímulos que nos predisponen para la hora de la comida; con impaciencia, sabiendo que la cocina de la provincia trentina se cuenta entre las más sabrosas del norte de Italia.
Tiene Trento una prestigiosa Universidad que atrae a estudiantes e investigadores venidos de lejos. Es sede del Instituto Trentino di Cultura, y uno de sus tres centros de investigación es de los más avanzados de Europa en inteligencia artificial y micro-electrónica, lo que hace de la provincia una emulación italiana de Silicon Valley.
Hay además instituciones históricas, como el Teatro Sociale, ahora recién restaurado. Y por si fuera poco, la cartelera cultural se ha hecho más apretada desde que hace pocos años se inauguró el Centro Sta. Chiara, espacio polivalente que concentra la mayor parte de la actividad teatral y polifónica. También en él tiene lugar el célebre «Festival de Cine de Montaña y de la Exploración», que en el mes de mayo de 2002 llega a su quincuagésima edición.
Trento revela también gusto por las artes plásticas, no sólo a través de las grandes exposiciones que anualmente tienen cabida en el castillo del Buonconsiglio, sino por la actividad que despliegan salas de renombre como la Galleria Civica. Y, sobre todo, por las numerosas iniciativas programadas en el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo, que, a pocos minutos delcentro, ocupa el Palazzo Albere, un caserón residencia del linaje de los Madruzzo desde el siglo XVI.
Trento es, en suma, una capital próspera, ordenada, tolerante y culta. Como un espejismo hecho realidad en un privilegiado rincón de los Alpes italianos.
Oficina de Turismo del Trentino/Turismo Italiano