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Crecida a orillas del río Limmat, en un imponente escenario natural de suaves colinas, esta ciudad suiza siempre es baza segura para el viajero. Por su riqueza histórica, por su ambiente cosmopolita y por sus atractivas propuestas culturales.
Por Daniel Robles Es Zurich ciudad con fama de ambiente intelectual y corte germano en la que han recalado pensadores, escritores y artistas de la talla de Einstein, Mann, Joyce, Brecht y Tzara. Pero su fisonomía también la aproxima el paradigma de los tópicos suizos. Por una parte, los símbolos de la opulencia y el consumo, representados por los bancos que se agolpan en los modernos edificios de la Bahnhofstrasse y otras céntricas avenidas, mientras los escaparates de los comercios tientan con lujosos relojes y chocolates de delicados sabores. Y además, están el lago, el río, los montes, parques, palacetes y caserones que recrean la imagen más bucólica y tradicional.
Entre estos dos polos, Zurich se abre a inquietos y curiosos con una tercera opción intramuros: un gran número de salas de exposiciones y museos. Los hay para todos los gustos, desde el Thomas-Mann-Archiv der ETH, que exhibe manuscritos del escritor alemán, hasta el Rietberg, que alberga la herencia del barón Von der Heydet, viajero y coleccionista que en vida tuvo el acierto de reunir importantes muestras de culturas no europeas y donarlas a la ciudad. A medida que se recorre el centro histórico, es inevitable tropezar con casi todos ellos.
Nada más salir de la Hauptbahnhof, la estación central, se topa con el más famoso: el Museo Nacional Suizo. El edificio, construido por Gustav Gull en el siglo xix con aspecto de castillo medieval, está apostado al borde mismo del río Limmat y parece reproducir una de esas típicas estampas del romanticismo germano.
El coloso puede ser un perfecto punto de arranque para una caminata que nos acerque a la esencia de la ciudad, a profundizar en sus raíces. Después del aperitivo que ofrecen las ochenta y cuatro salas del museo –una retrospectiva bastante completa de la cultura suiza, desde la prehistoria hasta nuestros días–, se puede comenzar el callejeo siguiendo el curso del río, auténtica espina dorsal que vertebra y realza la belleza del casco urbano.
De paseo por puentes y plazas
La meta está kilómetro y medio más abajo, en el Quaibrücke, puente que se alza en el punto donde el lago rompe aguas y forma la corriente del Limmat. El Quaibrücke media entre dos plazas que disputan la vista sobre el lago y compiten en monumentos: la Bellevueplatz, con la Ópera y la fuente del Pez, y la Bürkliplatz, con el palacio de la Banca Nacional Suiza y la fuente de Ganimedes.
Éste y otros seis puentes más estrechan los lazos entre los barrios de ambas orillas, se prestan como miradores y dan acceso a importantes monumentos. En el buceo urbano es inútil buscar huellas de la Turicum romana, de la que nada se ha conservado; en cambio, el período medieval está bien representado. Uno de los mejores ejemplos del mismo es el Fraumünster, o Monasterio de las Damas, que se remonta al siglo ix, durante la dominación carolingia. Situado en la ribera occidental, fue el centro de gobierno de la ciudad ejercido por las abadesas.
La iglesia se mantiene en pie, tocada de lleno por las reformas que le han ido cambiando la faz a lo largo del tiempo. Entre las últimas aportaciones, sobresalen las vidrieras diseñadas por Giacometti para el brazo septentrional del crucero. Aunque las más hermosas, situadas en los ventanales del coro, llevan el sello de Chagall, otro gran artista contemporáneo.
Al lado, y presidiendo la misma plaza, se encuentra el Zunfthaus zur Meisen, una filigrana arquitectónica en estilo rococó. Antigua sede del gremio de las artes y oficios, actualmente alberga una interesante exposición de porcelanas mayólicas.
Entre el monasterio y el templo de San Agustín, del siglo xiii, se teje un entramado de sinuosas callejuelas y plazoletas, como si la ciudad quisiera cerrar filas para no perder la referencia del medievo. En el centro de este laberinto se alza la iglesia de San Pedro, cuya torre se ha hecho famosa por su enorme reloj, uno de los más grandes de Europa, construido en el siglo xvi.
La maraña urbana continúa al otro lado del río con calles estrechas, donde el gótico sigue campeando por iglesias y caserones. Bordeada por una gran avenida paralela a la corriente del agua, la orilla oriental compite en monumentos con su vecina.
Para empezar, la catedral, un imponente edificio levantado entre los siglos xii y xiii. A pesar de la profusa decoración escultórica en capiteles, pilastras y claves de bóvedas, y pese también a las vidrieras de Giacometti en los ventanales del coro y a los restos de frescos del siglo xv, el interior ha ido despejándose de ornamentaciones para reflejar un ambiente sencillo y austero, como corresponde al estilo protestante. No en vano, el templo se convirtió en la iglesia madre de la Reforma en Suiza gracias a la fama alcanzada por sus predicadores.
Cerca del templo y mirando al río, se encuentra el Ayuntamiento renacentista, uno de los testimonios de la influencia italiana que alcanzó a este barrio, con ejemplos que también abarcan la época barroca, como la antigua sede del gremio de los carpinteros, la de los zapateros y la Casa del Perro.
Los lugares de interés continúan a lo largo del paseo. De vez en cuando se asciende por un oscuro callejón, de ésos que a duras penas llegan a coronar las colinas que arropan las faldas del monte Zürichberg. O se topa con el espacio abierto de la Universidad, desde cuya terraza se puede contemplar la ciudad desparramándose hacia el monte Uetliberg, coronada por el gris de los tejados y el verde del óxido en las agujas de las iglesias.
Tesoros del arte contemporáneo
En un claro aparece el Kunsthaus o Museo de Bellas Artes, otra parada obligatoria. En el exterior, junto a la entrada, esperan al visitante la Puerta del infierno de Rodin y la Figura yacente de Moore. En el interior se acumula una extraordinaria colección de pinturas, esculturas y dibujos en la que predominan las obras de los maestros de los siglos xix y xx. Merece la pena destacarque el museo posee la más importante colección de obras del pintor Edvard Much que se conserva fuera de Escandinavia.
Desde el museo, se puede bajar para tomar la Bellerrivestrasse, que ofrece vistas del lago y sus zonas verdes y acerca a otro gran museo: el Bührle, con una interesante colección de arte que incluye obras de Tintoretto, Canaletto, el Greco, Goya, Rubens, Rembrandt, maestros impresionistas y contemporáneos. Sin duda, un magnífico complemento al Museo de Bellas Artes. Y es que, definitivamente, Zurich está marcada por el arte, la arquitectura y el agua.
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