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Nº 126 / septiembre / 3 €



 
Dubrovnik
Esta ciudad es una maravilla medieval en las costas de Croacia. La llamada «perla del Adriático» alberga un magno patrimonio que le ha valido el reconocimiento de la Unesco.

Por Antonio Picazo
Nada más llegar a Dubrovnik, la ciudad me da un pescozón de azahar del que tardo unos cuantos minutos en recuperarme, dejándome pleno de evocaciones que remiten a la tierra y el mar. Cierto es que acaba de anochecer y aquí, a esas horas, las flores de los naranjos se ponen de tiros largos para pasear sus aromas por el imponente cinturón de murallas medievales que rodea la ciudadela.
Con el nuevo día, voy directo a la vieja fortaleza en son de paz, relamiéndome con el guiso de siglos que allí bulle. Me rindo al sigilo que impone el peso de la historia y entro por la puerta Ploce del flanco oriental, desde donde desemboco en la plaza Luza, centro de la actividad urbana, justo cuando el reloj de su torre marca alguna hora exacta. Dan los repique dos figuras de bronce tan marcadas sincopados por el ,paso del tiempo como la pátina de óxido verde que las recubre, o como al mismo reloj.
De la plaza arranca la calle Stradun o Placa, una vía peatonal que atraviesa la ciudad de este a oeste, dividiéndola en dos partes prácticamente iguales. La principal calle de Dubrovnik anima al visitante a recorrerla con tranquilidad, y más ahora que estoy recibiendo el vahído barroco de la cercana iglesia de San Blas.
El santo obispo es el patrón de la ciudad. Precisamente en unas pocas semanas, a principios del mes de febrero, su iglesia y la catedral serán el punto de partida de la mayoría de los actos religiosos de las fiestas que cada año se le dedican. Misas solemnes, celebraciones y las famosas procesiones que, con sus estandartes y banderas, llenan Dubrovnik de alegría y color.

Un lugar cargado de historia
En el exterior del templo se levanta la llamada Columna de Rolando, una pequeña escultura de un caballero con armadura que data del siglo xv. En este lugar se hacían públicas las decisiones del gobierno y se ejecutaban los castigos.
Después del atracón barroco de San Blas, me sitúo de nuevo en Placa, enbusca de líneas más rectas. En ambos lados se levantan orgullosas fachadas de piedra blanca, más blanca aún si cabe en este día nublado. Sobre ellas se cierran puertas, se abren ventanas, sobresalen cornisas y se alzan buhardillas; todas se reflejan en un piso cubierto de brillantísimos adoquines de piedra caliza lustrados por la cera de los tiempos. A pie de calle abundan cafés, restaurantes y comercios aún no resabiados que venden recuerdos a los turistas. Además, claro está, de viejas casonas, iglesias, bellos palacios como el renacentista Sponza, que fuera casa de la moneda y aduana, y conventos, como el de los franciscanos, que destaca por su magnífica fábrica gótica.
Cuando llego al extremo oeste de Placa, aprovechando que el sol parece haber convencido a las nubes para que le dejen un pequeño hueco, subo a la barbacana de la muralla e inicio un agradable paseo por las alturas de Dubrovnik.
Como compañía, a lo largo del recorrido llevo a un lado el azul intenso del mar Adriático y la blanca espuma de las playas de la costa dálmata. Al otro, la variadísima paleta de naranjas de los tejados de la ciudad, posiblemente los más hermosos de la vieja Europa, con el permiso de Praga, naturalmente. De esta manera, voy completando los casi dos kilómetros que, según dicen, mide el perímetro de las murallas. La suave brisa del mar agita las ropas tendidas en cordeles que van de fachada a fachada. Es el mismo viento que, poco a poco, vuelve a concentrar las nubes en el cielo.
Una vez terminada mi ronda, desciendo por donde subí y me paro ante una de las cabezas que decoran la fuente de Onofrio, curiosa obra realizada en el año 1444, por cuyos dieciséis caños –todos ellos con su correspondiente rostro tallado en piedra– mana agua fresca de forma ininterrumpida.
Después de la comida, en el tiempo de un suspiro un chaparrón retira a la gente de calles y plazas. Yo me cobijo en un café situado en la parte de atrás de la iglesia de San Blas, entre la torre del Relojy el palacio del Rector, antigua sede del gobierno urbano que actualmente alberga el Museo de la Ciudad.

Escenas bajo la lluvia
Frente a los grandes ventanales de mi refugio, empañados con el vapor del café, contemplo las gotas de agua que se deslizan por los voladizos de piedra, mientras las palomas se acurrucan bajo las cornisas o en las hornacinas para ponerse a salvo del aguacero. Al cabo de un rato cede el diluvio; pero no pasa así con la lluvia, que ya no dejará de caer en todo lo que queda de día.
Debido al cielo cerrado, la noche llega pronto a Dubrovnik. Soportando un buen número de gotazos, vuelvo a internarme por las intrincadas callejuelas. Los comercios se recomponen poco a poco del chaparrón. Los orfebres colocan delicadas joyas de oro sobre llamativos paños rojos, quizá con la intención de que sus destellos contribuyan a sofocar un poco la creciente oscuridad.
Entre deliciosos olores de frutos marinos que surgen de las cocinas de las tabernas y los pequeños restaurantes, desemboco de nuevo, ya en plena noche, en la ahora mojadísima e iluminada calle Placa, todavía más bella si cabe por la lluvia.
Sin detenerme, abandono la ciudadela, que queda a mis espaldas empapada de noche. En esas tranquilas horas, la ciudad adquiere un aire medieval tan pronunciado, que no hay más remedio que devolverle su antiguo nombre de Ragusa. Como ya no me queda más cupo de sensaciones, marcho de frente sin volver la cabeza ni un solo momento. Pero apenas me he alejado unos cuantos metros, me encuentro de nuevo –esta vez no tan a traición como cuando llegué– con las huestes de azahar que regresan al magnífico cinturón de murallas para comenzar otra vez con su diario e invencible asedio de frescura y aroma.
Croatian National Tourist Board.
 


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