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KATMANDÚ
La capital de Nepal venera en sus edificios a sus reyes y dioses.

Por Francisco Javier Romero
«Namasté». Con esta palabra te saludan en Katmandú, la capital de Nepal, donde la mística brota de los cabellos de Shiva, de la cabeza de Visnú o del tercer ojo de Buda y envuelve las cumbres de ensueño del Himalaya, con los picos más altos del mundo.
Es difícil que te disguste el país, pues sus habitantes son gentes de elevada espiritualidad, pacíficos y con una sonrisa casi perpetua que regalan a los extranjeros. Sin embargo, además de bello, el país es uno de los más pobres de Asia. Hasta hace cincuenta años estuvo cerrado al mundo y sólo tuvo contacto con Tibet, China e India. Hoy, su población es una fascinante mezcla de etnias llegadas de estos lugares.
Katmandú está repleto de tenderetes, pagodas y palacios. En uno de ladrillo rojo y ventanas de filigrana se adora a la diosa Kumari. Desde el siglo XVIII, se elige como encarnación de esta deidad a una niña de la casta newari, que vivirá en ese palacio hasta su primera menstruación. Tan sólo sale de casa en seis fiestas anuales y nosotros tuvimos la suerte de encontrarla y, sin saber muy bien qué pasaba, cometimos el «pecado» de fotografiarla. Después supimos que esta-ba prohibido. La niña Kumari volvió con nosotros en los carretes y en nuestra memoria.
 


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