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La ciudad francesa es conocida por se la cuna del catarismo y del genial pintor Toulouse Lautrec.
Por César Barba Carteles de publicidad, libros de cocina, menús de restaurantes y hasta las rosas de los jardines, todo recuerda a Toulouse Lautrec en esta ciudad. Ahora bien, hay que reconocer que aun sin el genial pintor Albi seguiría siendo una ciudad encantadora, apunta-lada por los grandes puentes que atraviesan el río Tarn y con un abigarrado casco viejo pleno de rincones entrañables.
Matices y colores
Llegar a Albi es como adentrarse en una fotografía antigua, en la que las tonalidades ocres y rosas tiñen todas sus fachadas, sin diferenciar entre la sacralidad de la catedral-fortaleza, la solidez de su puente antiguo o la arquitectura renacentista de los palacetes repartidos por el Vieil Alby.
Si hoy día Albi es una ciudad en la que reinan todos los matices del rojo, hacia el siglo XV esta villa era la capital del azul. Y esto gracias a la magia de una planta, la Isatis tinctoria, de cuyos pigmentos obtenían una tintura muy valiosa que ayudó a la expansión del Renacimiento por Occitania.
Sin embargo, Albi es más conocida como la cuna del catarismo, un movimiento cristiano que se extendió por el sur de Francia y que, hacia el siglo XII, cruzó los Pirineos para afincarse en el norte de Aragón y Cataluña.
Catedral y fortaleza
La catedral de Santa Cecilia, que como una fortaleza domina el entorno, fue mandada construir en el siglo XIII por el inquisidor Bernard de Castanet. Testimonio de fe cristiana tras la herejía cátara, no hay que dejarse engañar por la austeridad externa del templo, que contrasta con las galerías de estatuas y las bóvedas interiores recargadas de frescos, que componen el mayor conjunto pictórico del Renacimiento italiano de todo el país.
Junto a la catedral y formando un baluarte defensivo con ésta, otro legado del gran inquisidor, el palacio de la Berbie –palacio episcopal, en lengua occitana–. Sus jardines se asoman a la ribera del Tarn a la altura delantiguo puente del siglo XI, y componen uno de los rincones más acogedores de Albi.
La herencia de Lautrec
Estos impecables jardines están rodeados de un paseo en forma de galería sombreada desde la que se observa cómo el río devuelve la imagen de la ciudad que se refleja en él.
Pero lo más interesante de este palacio cuelga de sus paredes. En efecto, las estancias ceñidas durante siglos a la estricta moral clerical, acogen hoy a mujeres de vida licenciosa, ambientes turbios de prostíbulos, bailarinas de cabaret y otros personajes de tugurios similares.
Se trata, claro está, del Museo Toulouse Lautrec, que expone más de mil obras del torturado artista nacido en Albi. Entre ellas destacan los carteles que pintó para famosos locales de la época, como el que anuncia el Café-Concert Le Mirliton, que acabaría por convertirse en un icono del París de finales del siglo XIX.
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