Martina Bastos ha ganado un magnífico viaje a Costa Rica para dos personas, gentileza de Viajes Marsans
Entre todos los relatos recibidos la redacción de Viajes NG ha elegido los siguiente como finalistas:
La primera vez que escuché a Cabrera quise salir corriendo a abrazarlo. A agradecerle. No sé, un apretón por las emociones. “Cuando se trata de usted, yo me quedo sin palabras…”. Y con la garganta muda y un abrazo infinito me recibió Montevideo, capital de un mapa que se diría un corazón torcido y del revés. Lo extraño desde entonces. Pero a veces, contra la nostalgia, Zitarrosa canta a gritos su “candombe del olvido” que me hace recordar. Y regresa ese inmenso olor a carne achicharrándose en las parrillas, a las garrapiñadas de la Avenida18 de julio y al enredo de aguas dulces y saladas en el Río de la Plata.
Aún me quito de la boca los pelos del asado con cuero de las Sierras de Minas, una suerte de Toscana verde donde se habla un español dulcísimo y los gauchos echan el lazo a caballos y amores. Me cuesta decidir si Colonia de Sacramento es más hermosa de noche o de día. Me duele no saber cuánto habrán envejecido sus fachadas rosas, si aún alumbra el farolillo de entrada a la Calle de los Suspiros, si todavía se escuchan milonguitas suaves al fondo del muelle.
Me invade la tristeza de Montevideo, sobre todo en invierno. Me vienen sus grises, su recogimiento, su aire de “aquí nunca pasa nada”, su sosiego, el no saber cómo pasearla. Y envidio mi suerte de haber vagado triste por Montevideo, sobre todo en invierno. De no haber olvidado la Cruz del Sur desde lo alto del Cerro. Me pregunto cuándo descargó la última tormenta sobre la Rambla de Pocitos, cuándo florecerá este año el primer Jacarandá.
De repente suena Cabrera y me veo sentada de nuevo bajo el ombú del Boulevard España. Sus hojas ya empiezan a caer. Observo a los uruguayos pasar y no consigo entender cómo sobreviví, hasta ahora, sin esa parte de mí que se quedó con ellos.
El Sur, el Sur. Me encanta esa palabra. Suena como el silbido del viento entre los árboles.” Ednodio Quintero