Apostada sobre un roquedo estrecho y puntiagudo, Cuenca y sus Casas Colgadas desafían el vacío desde las alturas. Los ríos Huécar y Júcar bordean este enclave declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1997. El punto de partida para recorrer la ciudad es la Plaza Mayor, alrededor de la cual se concentran una gran cantidad de bares, mesones y bodegas, cuya especialidad es el “morteruelo”, una especie de paté caliente elaborado con carne de caza y especias que se unta con pan. Y es que es necesaria una buena dosis de energía para emprender un paseo por un casco urbano en el que abundan las cuestas empinadas. La Catedral copa la atención en la Plaza Mayor, el templo se erigió en los siglos XII y XIII —aunque su fachada neogótica forma parte de la reconstrucción de 1902— y está considerado la obra inaugural del gótico en la Península Ibérica. Cuestas y escaleras nos conducen a las célebres Casas Colgadas, cuyo origen seguramante era medieval. En la denominada Casa de la Sirena hay un restaurante, mientras que la Casa del Rey acoge el Museo de Arte Abstracto Español, con obras de Chillida y Tàpies. Sin embargo, la Cuenca más íntima late en las plazas de la Merced y de Mangana, desde esta última se puede contemplar una panorámica impresionante del Júcar. En uno de los costados se levanta la torre del Júcar, construida en el lugar que ocupaba la alcazaba musulmana y en la que actualmente se está llevando a cabo una excavación arqueológica que pretende descubrir los enigmas sobre el pasado medieval de la ciudad. |